Botánica forense contra la impunidad

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Todos hemos visto más de un episodio de CSI: Las Vegas donde utilizan larvas de insectos para determinar el momento de la muerte de una víctima ficticia, pero nunca vimos una estrategia que indicara dónde estaba el cadáver. Y es que cada día, en el mundo real mueren más de 160.000 personas. La mayoría de ellas fallecen junto a amigos y familiares, pero una pequeña minoría de las muertes ocurre lejos de la civilización, en guerras o en circunstancias cuestionables.

En muchos de estos casos, el cuerpo nunca se recupera y a menudo, los árboles y otros tipos de vegetación “ensombrecen” la búsqueda de los restos humanos y el perpetrador queda impune.

En paisajes abiertos, los grupos a pie pueden ser efectivos para encontrar a alguien desaparecido, pero en partes más boscosas o traicioneras del mundo como nuestra selva amazónica, no sería posible en absoluto. Eso ha llevado a los científicos forenses a considerar las plantas como indicadores de la descomposición humana, que podría conducir a una recuperación más rápida del cuerpo y posiblemente más segura.

La idea de que las plantas “nos hablen” de personas fallecidas suena a una mala película de terror. Pero ese es el tema de un artículo científico publicado la semana pasada en la revista Trends in Plant Science, los investigadores consideraron la posibilidad de que las plantas pudieran ayudar a los científicos forenses a rastrear cadáveres. La clave es que los microbios y los productos químicos asociados con los cuerpos en descomposición, conocidos como necrobioma, alteran el entorno circundante.

Los científicos forenses (antropólogos, científicos del suelo y botánicos forenses) estudiaron en una “granja de cuerpos”, fundada en 1980, cómo los diferentes factores ambientales influyen en la descomposición del cuerpo humano. En la serie de experimentos, los investigadores evaluaron cómo la descomposición del cuerpo humano influye en la bioquímica de las plantas. Más específicamente, los científicos midieron los efectos de la descomposición del cuerpo humano en las concentraciones de nutrientes del suelo circundante y observaron los efectos en la fisiología de las plantas.

El resultado más obvio fue una gran liberación de nitrógeno en el suelo. ¡Un cuerpo humano promedio contiene aproximadamente 2,6 kg de nitrógeno! El nitrógeno hace que las hojas de las plantas se vuelvan más verdes a medida que producen más clorofila. Además, puede haber señales más matizadas, como medicamentos o metales, que se filtrarían de los cadáveres al suelo. Por otro lado, la presencia de un cadáver podría estresar a algunas especies de árboles o arbustos, de modo que perderían las hojas o sus hojas cambiarían de color, ya sea a tonos amarillos o rojos.

Tales efectos deberían ser detectables midiendo las características de la luz absorbida por las hojas y los cambios podrían aparecer en cuestión de días, se espera que las plantas invasoras o malezas sean las primeras en responder. De hecho, los autores construyeron un generador de imágenes, proyector láser de inducción de fluorescencia de toda la planta, pudiendo analizar las firmas de fluorescencia que ella emite. Una vez que los investigadores identifican las firmas bioquímicas provocadas por la descomposición del cuerpo, son capaces de buscar señales de fluorescencia o reflectancia específicas, para identificar la ubicación de un cadáver.

Ahora bien, los venados, chigüires u otros mamíferos mueren y se descomponen en la selva con más frecuencia que los humanos. ¿Cómo podemos distinguir entre la respuesta de una planta a un animal muerto frente a un cadáver humano?

A través de sus experimentos, los científicos pueden identificar metabolitos detectables que son liberados por los restos humanos en descomposición, pero no por otros animales. Los científicos sugieren que es posible que los metabolitos de los medicamentos o los conservantes de alimentos consumidos por los humanos, puedan influir en el crecimiento o la apariencia de las plantas. Por ejemplo, si tuviéramos una persona desaparecida que fuera, digamos, un fumador empedernido, podría tener un perfil químico que desencadenaría algún tipo de respuesta única de la planta que la haga más fácil de localizar. El cadmio del tabaquismo, al igual que con los fanáticos del chocolate, podría ser uno de esos marcadores.

Incluso, si dicha tecnología resultara eficaz, con las plantas actuando como centinelas ambientales, se podría reducir la cantidad de tiempo y energía necesarios para localizar restos humanos. Cuando se trata de un acto delictivo, cuanto más rápido los criminalistas puedan encontrar un cuerpo, más probabilidades hay que atrapen al perpetrador.

Podemos imaginar un despliegue de drones con sensores para buscar emisiones específicas, donde alguien pudo haber desaparecido y recopilar datos sobre decenas o incluso cientos de kilómetros cuadrados, y entonces sabríamos los mejores lugares de manera más rápida y precisa para enviar un equipo de búsqueda. La ciencia forense nos da nuevas herramientas para luchar contra la impunidad.

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